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miércoles, enero 12, 2005

Tres trozos de vidas. Ana Vidal.

París.-Texas era el único sitio a salvo y el único sitio en peligro, ¿quién no quiere un trozo de tierra para construir otra vida donde la desaparición no pueda tocarnos? Aprendió que las palabras en lugar de comunicar, separan y duelen y asesinan y que en la vida nada importa más que los signos invisibles donde esconderse de los que los creen indescifrables. Adónde me llevas, adónde, si tú nunca podrás rescatarme. Para qué la nombras para qué. La busco tras los cristales, la encuentro porque no puede verme. Mi voz no le hace ni un rasguño. Quédate. Los silencios que no le laten, sus uñas rojas. No te muevas, no hagas nada, por favor, por favor, no te desnudes.

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Hasta Tokyo a por un último secreto. Atrás quedas tú entre la gente, atrás quedas tú perdida dentro del ruido, entre los coches, bajo el cielo nublado de edificios, sin peluca rosa con la que nadie pueda reconocerte más. Te quedas lejos de tanta vida, lejos, lejos, inalcanzable. Cierro la puerta del taxi para regresar (antes o) después de todo.

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El pecado es amarte todavía, amarte tarde, amarte sin piedad, como si tu vida fuera mi último capricho y moldear tus ojos otro de mis juegos. Porque estoy loca, porque quiero serlo, ríes mientras me abrazas por la espalda y me dices sin que te escuche que quizá me quieras. Te despierto con urgencia para que vuelvas y tus dedos andan por mi cara hasta dormirme por fin durante todo el día. Cuántas noches gastando tu piel. Los meses que se van desnudando, las líneas de tus manos, el humo en la habitación, el colchón en el suelo, tus discos, los bancos de madera, mis cuadernos,el café. Cada vez se hace más atroz el miedo a estar tan mezclados y olvidarnos de donde vinimos, conscientes de cómo acabaremos. La certeza de que te voy a acabar abandonando otra vez y te vas a quedar aún más sólo que entonces, porque estoy loca dices, porque quiero serlo, y te hundes entre mis rizos adonde no puedo verte. Después la carretera, los gritos que sé que oyes desde no sé que parte, desde no sé que mundo, los ojos que me están viendo morir a todas horas, tus zapatos, que ya no recuerdo. No puedes creerme, no puedes permitirte amarme más.

Ana